Cómo emprender en un contexto de crisis (mi historia)

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El último post que escribí apuntaba a ofrecer recomendaciones de cómo emprender dirigidas a aquellas personas que necesitaran darle un golpe de timón a su rumbo profesional. En esa línea, pero en un tono bastante más intimista, les voy a contar la historia del origen del proyecto que -al menos hoy en día- es mi principal fuente de ingresos.

Se trata de un comienzo que no me gusta recordar porque (aunque seguí adelante y podríamos decir que “lo superé”) en algún lugar de mi cuerpo, mi mente y mi alma hay dolores que no terminaron aún de desaparecer y recordarlos los reactiva. Por eso, en algún momento de mi vida decidí que iba a dejar de prestarles atención. Asumí que no iban a morir por completo jamás, y que -dentro de todo- mi experiencia acumulada de vida me había ayudado a sacarla barata.

Y, si bien me duele hablar de ella y ya quedó muy atrás, decidí contar esta historia porque considero que puede ayudar a algún lector a no dejarse vencer por las adversidades, por enormes que parezcan.

Había una vez

Hace algún tiempo, me ofrecieron una oportunidad laboral que podría calificarse como soñada. Un buen sueldo, en la ciudad donde quería vivir, en un área profesional que tenía que ver con mis estudios, con posibilidades de desarrollo y de hacer buenos contactos. Y que, por otra parte, involucraba un trato bastante cotidiano con una persona a la que quería mucho.

Me la vendieron mucho, además, y me convencieron de que no debía dejar pasar esa oportunidad “irrepetible”. Pero debo aceptar mi responsabilidad: fui yo la que la compré.

Después de mucho buscar, conseguí un departamento con una vista divina, en esos edificios que tienen de todo. Pagar el depósito (en dólares) se llevó casi todo el dinero del que yo disponía para iniciar esa aventura.

Todo parecía demasiado perfecto para ser real… y, muy pronto, la vida me demostró que, en efecto, esa perfección era solo una ilusión. En verdad, yo ya tenía todas las señales de que lo era, pero me empeñaba en negarlas. Y eso me lleva a la primera lección que obtuve de esa experiencia.

Cuando no queremos iniciar un cambio que es necesario, la vida nos empuja a hacerlo

En esta historia real que estoy contando, la realidad es que yo debí haber salido corriendo desde el primer día en que pisé la oficina de ese “trabajo ideal”. Me lo dijeron tanto mi instinto e intuición como un conjunto de hechos objetivos. A la distancia, sé que ese no era el camino y que estaba yendo en contra de muchas lecciones que había aprendido previamente, solo por aferrarme a lo que consideraba el sendero más directo para acceder a mis metas, digamos, materiales o de estilo de vida.

Pero ese sendero en apariencia tan llano no tenía nada que ver con las cosas que yo realmente quería hacer, con la manera en que me gustaba trabajar, con la forma en que consideraba que debía tratarse a los demás dentro del ámbito profesional. Y fue muy negador de mi parte (ya que no puedo alegar ingenuidad) aferrarme a la idea de que todo se iba a ir acomodando, cuando en realidad todo indicaba que iba a empeorar.

La vida ya me había enseñado -y no de modo placentero- que la negación no conduce a ningún lugar positivo. Cuando sabemos que algo debe cambiar, la opción más sensata es aceptarlo, meter los pies en el barro y encarar ese proceso. En ese caso, contamos con la ventaja de poder hacerlo a nuestro ritmo y de estar más “en eje” para llevarlo a cabo.

De no tomar esa decisión, la vida tarde o temprano la tomará por nosotros y las condiciones en las que deberemos iniciar ese cambio serán más adversas, como verán a continuación.

Lo inevitable siempre encuentra el camino para manifestarse

Para hacerla corta, un día yo estaba en el supuesto “trabajo perfecto” y viví una situación muy traumática sobre la que prefiero no entrar en detalles. Me voy a centrar en las consecuencias: me quedé sin trabajo, casi sin dinero, tuve un problema de salud importante, la persona que yo esperaba que se jugara por mí no lo hizo y vi cómo se derrumbaba frente a mis ojos una amistad que yo pensaba que iba a durar por siempre. Tiempo después, esa persona reconoció que había actuado mal conmigo, pero sus palabras ya no tenían para mí ningún valor.

Por otra parte, perdí el depósito de un departamento cuyo alquiler no podía pagar si no tenía trabajo (por suerte, no había llegado a mudarme). Me quedé, entonces, en el lugar donde vivía en ese momento, cuyo alquiler podía pagar por un par de meses más con lo poco que pude cobrar de aquel trabajo. Era una casita que estaba lejos de casi todo, pero en un barrio tranquilo y agradable.

La cachetada de la vida fue tan grande que quedé emocionalmente rota: no hay una palabra mejor para describirlo. Sentía que había pedazos de mí que ya no estaban en mi cuerpo y que, aunque pudiera recuperar, ya no encajaban en mi persona. La vida me durmió, tanto de manera simbólica como real; y, cuando desperté, ya no reconocía nada de mi existencia anterior. Y me sentía muy incomprendida, porque es muy difícil comprender ese tipo de dolor cuando no se lo atravesó. Eso hizo que me alejara de muchas personas y que eligiera vivir ese momento en una casi absoluta soledad.

Justamente porque me sabía en un estado de suma fragilidad, decidí no volver a Buenos Aires hasta sentirme mejor o, por lo menos, más “normal”.

Mientras tanto, debía dedicarme a encontrar la respuesta a una de las preguntas más existenciales -y, a la vez, más prácticas- que existen en este mundo.

Y ahora, ¿qué hago de mi vida?

Primero, me tomé unos días, porque me encontraba en un estado en el que difícilmente hubiera podido responder alguna pregunta, por sencilla que fuera.

Luego, me di cuenta de que, si no iba a volver a Buenos Aires en el futuro inmediato, tenía que procurarme un medio de vida que me permitiera comer, ya que el tema del alquiler lo tenía (casi) resuelto por unos meses.

Y también me di cuenta de la lección más importante que encerraba aquella experiencia traumática por la que había pasado: nunca más, jamás, en lo corta o larga que fuera a partir de ese día mi vida, debía permitir que me hicieran pasar lo que yo tuve que sufrir en aquel trabajo.

Por lo tanto, solo me quedaba un camino posible: crear mi propio trabajo.

Hacía tiempo que yo redactaba y corregía textos, bien para clientes particulares esporádicos, bien para las empresas para las que trabajaba. Alrededor del 90% de mi trayectoria laboral tenía que ver con esa tarea. Y me había dedicado a escribir, aunque más no fuera para mí misma, desde hace muchos años.

De manera que, al menos, tenía el alivio de no tener muchas opciones entre las cuales elegir. Solo había una, y yo lo sabía bien.

La distancia entre idea y acción es de solo un paso

Casi no tenía dinero para comer. Pero, para bien o para mal, no nací en cuna de oro y nunca tuve todo servido en bandeja, por lo que ya había vivido la experiencia de contar monedas para comprar comida, y eso no me asustaba. Sabía que debía encontrar un alimento tanto para mi cuerpo como para mi mente y mi espíritu en el mediano y largo plazo, aun si eso implicaba hacer sacrificios en el corto plazo.

Frente a esa situación, mi opción fue la de iniciar un proyecto laboral personal. Y sabía que lo tenía que hacer rápido. Me senté una noche frente a mi notebook y esbocé un plan de negocio muy sencillo. Elegí una marca (por varias razones aposté a la personal) y diseñé sobre papel un sitio.

Al día siguiente, decidí invertir casi todo el dinero que me quedaba en la compra del dominio y el hosting y en armar el sitio web. Hubiera sido genial poder pagarles a un diseñador profesional y a alguien que me asesorara en temas de SEO pero, como eso excedía mi presupuesto, lo tuve que hacer todo por mí misma. Fue un one woman show.

Y, al día posterior a publicar el sitio, comencé a hacer publicidad en Google invirtiendo los (muy) pocos pesos que me quedaban. Quizá por toda la pasión e intención que involucré en ese proyecto, solo un día después de la publicación de los avisos, ya tenía a mi primer cliente.

Es cierto que tenía muy claro qué es lo que yo podía ofrecer en al ámbito profesional. Pero creo que todos lo sabemos: lo que debemos hacer es viajar a través de las diversas capas que vamos construyendo y bajo las que ese conocimiento queda oculto. Todos tenemos algo que puede añadir valor a la vida de otras personas.

Para que una idea se convierta en acción hay que dar un simple pero decisivo paso: presentarla al mundo, y permitirle que crezca y evolucione.

Los primeros pasos: una caída solo es un fracaso si nos quedamos en el piso

Dentro de la primera semana de rotación de los anuncios, y además de ese cliente que casi inmediatamente confió en mí, me pidieron un presupuesto para un proyecto inmobiliario muy importante de la ciudad en la que en ese entonces estaba viviendo. Cabe aclarar que ese pedido devino de un mensaje que yo había enviado “en frío” y que despertó un cierto interés.

Como ese proyecto no era similar a aquellos en los que había participado a lo largo de mi trayectoria profesional, les escribí a dos personas que conocían ese paño. Ninguna de ellas era “amiga”, pero sí habíamos estado relacionadas en una etapa anterior de nuestras vidas. A las dos, sin entrar en demasiados detalles, les comenté que no estaba atravesando un buen momento personal.

Una de ellas (quizá la que menos motivos tenía para responderme) fue muy, pero muy generosa y pude percibir que me ofreció toda su experiencia en el rubro, sin esperar nada a cambio. La otra también me respondió pero, sin haber ocurrido ningún tipo de conflicto entre nosotras, desestimó mi proyecto y me sugirió que lo postergara hasta que pudiera estar a lo que ella entendía como “la altura de las circunstancias”.

Por mi parte sabía que estaba a la altura de las circunstancias, y no me dejé amedrentar.

Sin embargo, más allá de mis esfuerzos, ese trabajo no se concretó (y aquí hay un tema de hasta qué punto debemos revelar ideas en una propuesta, pero eso ameritaría otro post). No obstante, yo sabía que estaba preparada para lo que ofrecía, y seguí adelante con mi emprendimiento, confiando en que llegarían nuevos clientes.

Darnos tiempo es lo que nos permite dar tiempo

Si bien vivía lejos de casi todo, en esa etapa crítica de mi existencia tenía un gran privilegio, que era el de estar relativamente cerca de una playa. Entonces, y como gran amante de la naturaleza, tomé como costumbre caminar a diario hasta la playa y quedarme al menos un par de horas allí (lo hacía incluso en días de lluvia).

Aunque toda esta etapa que estoy narrando transcurrió entre los meses de verano y principios de otoño, yo tenía la suerte de acceder a una playa casi privada, porque casi nadie iba, a pesar de la belleza del lugar.

Y me quedaba sentada frente al mar por horas, solo observándolo. Y eso que hubiera sido considerado por otros como una pérdida de tiempo era, por el contrario, lo que me permitía regresar y sentarme frente a la pantalla de mi computadora con un foco mucho mayor para enfrentar mis tareas.

Ahora mi realidad es muy diferente y, lamentablemente, no dispongo de aquel espacio de conexión con la naturaleza. Pero me creo ese lugar de otras maneras; sé que –aunque no es lo mismo- se puede y debemos dárnoslo, así que los animo a buscar y encontrar ese tiempo para darse un espacio que les permitirá dar todo de ustedes en ese tiempo que brindan a otros.

El balance, o “lo que importa son los datos”

Ya lo sé: a mí también me choca esa idea de que todo puede ser medido y cuantificado. Pero, a los efectos de cerrar este texto, sé también que a mis lectores les importa si mi prédica sobre cómo emprender en contextos adversos tuvo resultados satisfactorios o no.

Voy a ser muy honesta: un emprendimiento nos devuelve aquello que le damos, si confiamos en él y somos tenaces y aceptamos tomar ciertos riesgos. Durante los primeros meses, en donde yo no me sentía apta para dedicarle tanta energía, cumplió con su objetivo primario: me daba de comer. En esa etapa yo mantuve un sitio básico, con una inversión en publicidad mínima. Pero, en cuanto comencé a sentirme mejor, sabía que debía dedicarle más tiempo y recursos para obtener mejores resultados.

La historia es más larga pero, en resumen, decidí volver a Buenos Aires, donde tenía un techo asegurado, y me dediqué a aprender, con recursos gratuitos, cómo podía ir posicionando poco a poco mi proyecto. En el camino, cometí errores, pero todos me dejaron alguna enseñanza y la experiencia de que un error bien aprovechado siempre generará algún tipo de ganancia a futuro.

Hoy en día, luego de una evolución lenta pero constante, he llegado al punto en que ya no tengo baches sin trabajo e incluso puedo darme el lujo de decir que no a ciertos pedidos, confiando en que llegarán a las manos indicadas, les generarán ingresos a otras personas y les permitirán crecer profesionalmente.

Recomendaciones finales acerca de cómo emprender en un escenario de crisis

Si tuvieron la paciencia de llegar hasta acá, sin duda se merecen que les cuente aquellas cosas que considero es necesario recordar en todos los casos. Muchas ya las he enumerado en otros posts, pero es un buen momento para hacer una recopilación:

  • Un emprendimiento sustentable en el tiempo nace de algo que nos gusta hacer, que sabemos que tenemos una cierta habilidad para hacer y en lo que confiamos lo suficiente para poder venderlo al mundo.
  • Si al leer el punto anterior pensaste que aún no descubriste ese “algo”, seguí trabajando en ello. Estoy convencida de que TODOS podemos encontrarlo.
  • Pedí ayuda o hablale de tu proyecto solo a las personas que creas que tengan algo valioso que aportar, sea experiencia en ese rubro, recursos materiales o palabras de aliento. En sus inicios, y más si no contamos con una gran infraestructura que nos respalde, o no estamos inmersos en un contexto estable, todo emprendimiento es frágil. Asumí la responsabilidad de cuidarlo y defenderlo, hasta que crezca y pueda defenderse por sí mismo.
  • Hacé un inventario honesto de los recursos con los que contás para llevarlo a cabo. Si podés, ajústate a esos recursos. Y, si no, movete lo antes posible para acceder a los que te faltan. No te desanimes por las veces que te digan que no a lo largo del camino. Si es necesario, examiná las bases de tu proyecto y cambiá todo lo que sea necesario. Pero la regla es simple: si creés en él, no renuncies a intentarlo.
  • En contextos de crisis, tanto sea a nivel personal como global, es lógico que todos los pasos necesarios para el desarrollo pueden llevar más tiempo que en condiciones más estables. Es menester armarse de paciencia y aceptarlo.
  • Todo en la vida pasa, absolutamente todo. Te lo dice una sobreviviente de muchas situaciones críticas. Mientras estés vivo, siempre tenés algún recurso (por mínimo que te parezca) para salir adelante.
  • Hoy en día, tenemos la gran ventaja de que existen muchos recursos gratuitos para formarte en las áreas clave de gestión de un proyecto. Aprovechala.
  • Aceptá que (sea cual sea tu definición de éxito) es difícil ser exitoso de la noche a la mañana. Asumí que vas a tener que trabajar mucho y vas a tener que ser flexible para introducir los cambios necesarios a lo largo del proceso.
  • Y, sobre todo, no esperes que nadie más confíe en vos. Jamás les des ese poder a otros. El apoyo siempre es bienvenido y puede ser de ayuda en muchos sentidos. Pero, así nadie más confiara en vos, la única confianza que realmente necesitás es la tuya. Parte de la tarea de emprender es poder discernir cuáles críticas son constructivas y cuáles no. En cuanto aprendas eso, tendrás la mitad del camino recorrido. La otra mitad tiene que ver con la acción, y esa acción se nutre de la fe que tengas en tu proyecto.

Una última observación en este (extenso) texto acerca de cómo emprender: no creo que todas las personas tengan la vocación de llevar adelante un emprendimiento personal, y tampoco creo que sea necesario tenerla. Quizás, en tu caso, un emprendimiento sea una herramienta para salir adelante en un contexto de crisis, y sientas que tu camino profesional va por otro lado. Pero, aunque emprender sea solo una etapa en ese camino, te va a dejar valiosos conocimientos aplicables a muchos ámbitos de tu vida.

Espero que luego de leer este texto se sientan más acompañados en la ardua tarea de emprender. Y les deseo que sea un proceso exitoso y de gran aprendizaje.

Y, por supuesto, me pueden contactar para enviarme consultas en relación a este tema.

Hasta el próximo post 🙂❤.

1 pensamiento sobre “Cómo emprender en un contexto de crisis (mi historia)”

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