Poniéndole unas fichas a Robin Sharma

  • Ariana 
El club de las 5 de la mañana - Robin Sharma
Aunque no se vea, ahí está mi humilde ficha en el 5

Como bien saben los que me conocen en persona y tienen cierta confianza conmigo, o bien ya me han leído aquí, allá, más allá o por aun más allá también —o incluso en la prehistoria—, considero que la posesión más valiosa que tenemos (tanto en nuestros emprendimientos como en el resto de las esferas de nuestra vida) es el tiempo.  

Bueno, no exactamente el tiempo —que, en definitiva, no es propiedad de ningún mortal— sino la manera en que disponemos de él.

Y sí, mientras escribo esto estoy haciendo uso de Toggl, una herramienta de la que hablé en otra entrada y que me permite evaluar mi productividad a la hora de sentarme a escribir contenidos, tanto para mí como para mis clientes.

En el caso de los trabajos que realizo para clientes, me es útil para saber hasta qué punto merece la pena continuar con esa relación laboral, y si el tiempo que invierto se ve efectivamente compensado por los beneficios obtenidos (que, de acuerdo a mis parámetros, no son solo monetarios).

Pero, en los textos que produzco para mí, para cumplir con mi propia estrategia de contenidos, el propósito de usar esa herramienta está relacionado con una búsqueda de aumentar mi productividad.

Porque tengo muchas, muchas ideas. Si hay algo que me sobra son las ideas. Que sean buenas o malas sería otro nivel de discusión, pero a menudo la mejor manera de saberlo es llevarlas a la práctica.

De lo que carezco es de una adecuada gestión del tiempo para poder implementarlas. Cierto es que para algunas me haría falta dinero (hola, sponsors) pero, para la mayoría, solo me hace falta darle un golpe de horno a mi aprovechamiento del tiempo.

Confesiones de invierno

Hace meses que estoy probando diversas tácticas para lograr ese objetivo. Y, si hago el balance, sé que he mejorado muchísimo con respecto a, sin ir más lejos, el año pasado. Pero soy honesta conmigo misma. Y con mis lectores, en este espacio que pretende ser un diario que no solo dé cuenta de las partes luminosas, sino también de las más sombrías del ejercicio de una actividad freelance.

Soy en esencia —siempre lo he sido— un ave nocturna. Una especie de murciélago, podría decirse. Sí: les tengo cierto cariño a esas criaturas desde que uno entró en mi casa y tuvo el inmenso privilegio de vivir conmigo durante todo un fin de semana. Moraleja: al menos si estás en Buenos Aires, no dejes la ventana de tu habitación abierta toda la noche aunque vivas en un segundo piso.

Ser una persona nocturna tiene sus consecuencias, que impactan sobre diversos niveles de mi existencia. Si tuviera que definir mi estilo de trabajo (al menos cuando escribo para mí misma; para mis clientes, por cuestiones prácticas, suelo manejar otros horarios) sería algo así como Kate Moss meets Charles Bukowski.

Sé que esa denominación puede dar pie a imágenes, por lo menos, extrañas. Por favor, no piensen así de mí.

(O bueno, sí: piensen lo que quieran; después de todo, estoy segura de que la realidad es más aburrida de lo que podrían suponer. Y créanme que lamento, desde lo más hondo de mi alma, decepcionarlos en ese sentido).

Es decir: soy esa clase de persona que se pone las plumas encima, se va a tomar unos vinos —o sucedáneos— con sus amigas y en un punto todo lo que era risas y felicidad se torna, en cuestión de segundos, una charla existencial acerca de la inmortalidad del cangrejo. Tema que, como buena canceriana, me toca muy de cerca.

Es así que llego a mi casa, me saco los tacos, y me siento frente a la pantalla de la computadora no con un whisky —me toca, otra vez, el triste papel de defraudar sus expectativas— sino con una gran botella de agua para bajar el componente Bukowski de la ecuación (para esa altura, el componente Kate Moss del glamour ya se fue al tacho).

Y escribo. Y gran parte de esos textos, alimentados por esas conversaciones filosóficas con amigas, resultan tan oscuros que —a veces— ni yo misma tolero releerlos. No porque sean tan malos (aunque en efecto algunos deben serlo) sino porque en ese cuasi estado de gracia sin filtro en el que nos encontramos después de una charla profunda, para más inri aderezada con alcohol, salen a la superficie temas y situaciones en las que, durante la mayor parte del tiempo y creo que guiados por nuestro instinto de supervivencia, preferimos no pensar.

En busca del tiempo perdido

No voy a negar que, de esa manera, surgen cosas interesantes. Pero me doy cuenta de que trasnochar leyendo y escribiendo frente a la computadora, en este momento de mi vida, no me está ayudando a ser productiva.

En mi peregrinaje en busca del Santo Grial de la productividad (agarrate, Indiana Jones), hace un par de semanas escuché —casual o causalmente— un podcast en el que Robin Sharma se explayaba acerca de su último libro, El club de las 5 de la mañana. Y me pareció muy sensato lo que decía, y decidí darle una oportunidad a lo que proponía.

Robin Sharma da variados motivos para adoptar el estilo de vida de iniciar el día a las 5 a.m. No todos me interesan tanto. No es que quiera volverme millonaria, aunque acepto que poder escribir estos posts desde una playa caipirinha en mano no estaría mal (entre otras cosas que es posible que hiciera si se diera esa condición). No busco una mejora drástica en mi salud, porque sería muy desagradecido de mi parte quejarme en lo que respecta a ese tema.

Pero sí me interesa aumentar —y bastante— mi productividad, porque creo que mi más probable causa de muerte (incluso en vida, lo que es más triste), en este momento, son esas ideas estancadas a las que, aún, no pude darles curso ni ocasión de demostrar su potencial.

Leí el libro en un par de días y me enganchó tanto (no la historia en sí, que me resultó algo forzada, pero sí los argumentos) que tuve el momentum como para comenzar. Pero inmediatamente después tuve varias entregas juntas y, claro, cualquier excusa es buena para quedarse en la comodidad de los viejos hábitos

La realidad es que ahora sigo teniendo un par de entregas importantes que hacer en los próximos días. Y que todas ellas me insumen bastante tiempo y están utilizando sus mejores armas de seducción para que no abandone el lado oscuro; es decir, el de la noche.

Para que quede claro (por si no les quedó claro todavía) soy esa clase de animalito de Dios que, si se entusiasma escribiendo, recién se va a acostar a las cinco de la mañana, o incluso más tarde. Les cuento esto para que entiendan hasta qué punto me resulta contraintuitivo pensar en levantarme a las cinco de las mañana. Porque no se trata simplemente de despertarse. Hay que saltar de la cama, ponerse las calzas y hacer veinte minutos de gimnasia.

Con lo segundo no tengo ningún inconveniente; el problema es lo primero.

Sin embargo, hoy logré empezar, con la esperanza de poder adquirir y consolidar ese hábito. Robin Sharma sostiene que se necesitan 66 días continuos para lograrlo y que, una vez incorporada esa costumbre, nuestra vida será otra.

Robin Sharma, ¿tendrá razón?

Los lectores argentinos saben que Fabio Zerpa tenía razón. Ahora, el próximo gran descubrimiento de la humanidad será descubrir si lo mismo ocurre con Robin Sharma.

En síntesis, creo que todo se trata de abandonar ese piloto automático que nos induce a perpetuar hábitos que, quizás, en algún momento nos sirvieron, pero que ya no responden a nuevas prioridades de nuestra vida.

Para ser (aún más) honesta, creo que no solo le estoy poniendo fichas a Robin Sharma sino también prendiéndole una vela, ya que el —al parecer— adquirió maestría en ese terreno y, para mí, en este momento, es el santo a quien nos, los que queremos ser madrugadores, debemos rezarle.

En cualquier caso, más adelante haré el balance de esta experiencia, evaluaré si en definitiva me permitió avanzar con algunas de mis ideas —que es a lo que apunto— y, si en el análisis que haga pienso que esa experiencia puede ser de ayuda para otros, sin duda lo contaré en este espacio.

Mientras tanto, ya saben que si necesitan servicios de corrección o redacción, pueden contactarme aquí.

Y que, ahora, estaré despierta a partir de las 5 de la mañana para responder sus mensajes (aunque Robin Sharma propone conectarse con el mundo unas horas después… ya veremos, Robin, mi vida).

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