Disco de Chucarro, Montevideo

El chico del Disco de Chucarro, versión 2019

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Motivación para lograr metas
El -para mí- tan importante Disco de Chucarro

Es curioso cómo, cuando hacemos una pregunta —aunque no lo hagamos de una manera del todo consciente— el universo nos responde de algún modo. Bueno: al menos quienes creemos en esa premisa advertimos un salto en el continuo de nuestra rutina; algo que nos llama la atención y que, sospechamos, tiene un sentido más profundo que el de la mera circunstancia evidente.

Hoy, haciendo un pequeño paréntesis en este espacio que está enfocado en ir sin rodeos a cuestiones profesionales, voy a contar una historia verídica cuyo trasfondo encierra una enseñanza que espero que mis lectores apliquen en sus vidas, en caso de que aún no lo estén haciendo.

Debido a circunstancias que afectaron mi vida personal (y laboral) esta semana estuve recordando una vivencia que, por lo general, está oculta bajo la piadosa cobertura —o telaraña— del olvido. Se trata de un suceso conocido por todos los lectores del blog donde narraba mi vida en Uruguay y por mi círculo más íntimo de amistades. Es una situación real y, aunque concedo que la memoria siempre altera de alguna manera los hechos, creo que es uno de los recuerdos más objetivos que poseo. Lo revivo con la crudeza de aquellas imágenes que nos hubiera gustado, y aun en la actualidad nos gustaría, modificar; pero que son inmunes a cualquier filtro que intentemos aplicarles para distorsionarlas a nuestro antojo.

Quizá, todos los recuerdos que se rebelan contra ese anhelo de modificarlos sean aquellos que encierran una lección que la vida intentó darnos en algún momento y todavía no hemos podido descifrar, aprender o incorporar del todo. Quién sabe y, una vez que lo hayamos logrado, pasará a ser una historia más entre aquellas que integran ese repertorio de anécdotas que modificamos de acuerdo a lo que sabemos —o intuimos— que será mejor recibido por nuestro auditorio, o al objetivo que intentamos conseguir mediante la narración del relato.

No es el caso de esta historia. Hasta el día de hoy, es imposible que la pueda redibujar de alguna manera y sin perjuicio de ello, en su sinceridad absoluta, creo que cumple a la perfección el objetivo de evocar el mensaje que deseo poder transmitir al contarla.

……….

En febrero de 2013, estaba en la fila del supermercado Disco sucursal Chucarro, en Pocitos, muy cerca de la rambla. Mi recuerdo es tan cinematográfico (como tantos otros que tengo de mi intensa experiencia en Uruguay) que hasta recuerdo en qué sector del local estaba esa caja en la me encontraba esperando.

Minutos antes, contando las monedas —literalmente— había decidido que me iba a tomar un vino y lo que tenía solo me alcanzó para una botella de marca, digamos, desconocida. Pero, bueno, no era un vino de caja: eso ya le subía un poco el status. O al menos, de manera un tanto ingenua para una amante profesional del vino, eso creía yo.

En ese momento, trabajaba como vendedora en un local cuyo primer sueldo aún no había cobrado. Estaba apostando a que, en un futuro no tan lejano, comenzaría a irme mejor. Pero, en ese presente, detestaba tanto ese trabajo —que solo había aceptado para poder comenzar mi vida en Montevideo— que esa noche necesitaba tomarme un vino y olvidarme de que, afuera de mí, existía un mundo que seguía girando más allá de mis penas e incomodidades varias.

—¿Es rico ese vino? ¿Lo probaste?

Me dice, detrás de mí en la fila, una voz de esas que te das cuenta de que proviene de una persona que sonríe mientras te habla.

Y me di vuelta y (juro que nunca pude olvidar esa imagen) vi a un hombre que me impactó. Sé que los gustos son una cuestión muy personal —y suelo tener preferencias al extremo personales en ese aspecto— pero ese hombre era, de manera objetiva y sin discusión posible, atractivo. Alto, morocho y de ojos azules casi fluorescentes; más allá de preferencias personales, era sin posibilidad de discusión una de esas personas cuya presencia es imposible de olvidar, aunque hayamos estado expuestos a ella solo por unos segundos.

A la distancia, me doy cuenta de que él me estaba —como se diría en Uruguay— “cargando”. En ese momento, si bien percibí esa intención, no me pude hacer cargo de la situación, porque sentía que no era merecedora de ella.

Me sentía tan, pero tan, poca cosa. Después de años de haber trabajado en puestos relacionados con mi carrera, estaba trabajando en un lugar donde me sabía desaprovechada y en el que ejercían sobre mí sutiles pero poderosas formas de violencia psicológica (porque yo lo permitía, claro). Me alimentaba mal porque prácticamente no tenía espacio para cocinar y, además, en el lugar donde vivía tenían la extraña costumbre de robarme la comida.

Así como estaban las cosas, de todas maneras, no solía tener demasiadas ganas de comer.

En consecuencia, estaba bastante delgada; pero no se trataba de una delgadez que pudiera definir como favorecedora. Tanto mi piel como mi pelo, en mi opinión, habían conocido épocas mucho mejores.  Vestía un uniforme negro —algo muy típico en Uruguay, que es revelador acerca de su idiosincrasia— que yo consideraba horrible. Lo irónico es que adoro vestirme de negro, pero no cuando se trata de una imposición con cuyos fundamentos, además, no concuerdo en lo más mínimo.

Dicho en otras palabras, me sentía la persona menos atractiva del universo y no me consideraba merecedora de la atención de otro ser cuyo poder de atracción sí me resultaba evidente. Era como si las condiciones en las que estaba viviendo hubieran borrado de mi memoria todas las capacidades positivas que, de alguna manera, me daban la fuerza para encarar esa aventura.

Pero, en ese contexto, solo atiné a darme vuelta con cara de circunstancias y decir que no sabía cómo era ese vino, que nunca lo había probado. Volví a girar y a dar la espalda y no le di siquiera chance al chico del Disco de Chucarro de que pudiera responderme.

………….

El quid de la cuestión no es, como podrán imaginar, lo que hubiera podido suceder con el chico del Disco de Chucarro. Es probable que, si yo hubiera tenido otra actitud, hubiéramos terminado tomando ese vino —u otro mejor— en algún momento. Pero nada garantiza que la historia no hubiera terminado ahí.

Lo importante y aquello que, para mí, la hace inolvidable es que constituye una lección que siempre, sin excepción, recuerdo frente a alguna situación que me hace sentir insegura, en lo personal o en lo laboral.

Creo con firmeza que no es casual que en los últimos días, en los que me encontré con situaciones relacionadas con mi oficio de elección que me removieron inseguridades varias, ese recuerdo haya venido a mi mente muchas veces, incluso hasta en sueños.

Y tampoco considero una casualidad que esa situación se haya replicado justamente ayer, aunque con algunas variantes que me hicieron comprender que algo, al menos algo, aprendí de la lección encerrada en esa historia.

……………….

Ayer estaba en otro supermercado —el Coto de enfrente de mi casa, para mayores precisiones—, en la fila de una caja. Detrás de mí estaba un chico diferente a aquel del Disco de Chucarro, pero con una presencia igualmente impactante. Que también me preguntó algo como para iniciar un diálogo.

El final de la historia tampoco es relevante. Lo que me movió a relatar este recuerdo es que, en ese momento, en un segundo, pasó por mi mente con un lujo exquisito de detalles esa situación vivida en aquel —a veces lejano, a veces actual— febrero de 2013.

Y me di cuenta de que, en muchos casos, nuestras inseguridades están alimentadas por la importancia que le damos a circunstancias temporales que en nada alteran una trayectoria de esfuerzo y compromiso con nuestros objetivos, con la voluntad de querer dar lo mejor

Si hay algún mensaje que una y otra vez deseo transmitir en casi todo aquello que escribo, de una u otra forma, es que por favor nunca dejen que sus inseguridades les ganen la batalla a la voluntad, disciplina y capacidad que demuestran al encarar cualquier proyecto con el objetivo de que su paso por esta vida sea acorde a la manera en que ustedes quieran vivirla, y no a las que con maniobras —burdas o sofisticadas— intentan sugerirnos o imponernos desde zapatos que son los nuestros y no tienen interés en recorrer nuestro camino, sino en que los ayudemos a llevar su equipaje a costa de abandonar aquel recorrido que decidimos elegir.

A veces, algunas personas nos lo recuerdan, pero eso no siempre ocurre y, aunque suceda, es algo accesorio porque solo hay una persona que necesita recordarlo: nosotros mismos.

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